jueves, 23 de septiembre de 2010
Dar la vida para no morir
Amar desinteresadamente es difícil. Pocos son los que están dispuestos a entregar la vida por los demás.Mas la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por todos… Cuando éramos enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo” (Rm 5,7ss).
“Vengo pero no sé de dónde. Soy, pero no sé quién. Moriré, pero no sé cuándo. Camino, pero no sé hacia dónde. Me extraño de estar contento”. “No quiero morir, no; no quiero, ni quiero quererlo. Quiero vivir siempre, siempre; y vivir yo”. Queremos vivir, por eso tememos la muerte. El miedo a la muerte es natural, ya que vamos a un mundo desconocido y esto siempre nos intranquiliza. El mismo Jesús sintió este miedo y se angustió en Getsemaní.
la vida es Cristo, y la muerte una ganancia. Me siento apremiado por dos partes: por una parte, deseo morir y estar con Cristo, que es mucho mejor; por otra parte, quedarme trabajando es mejor para vosotros” (Flp 1,20ss).
En esta vida de trabajo y de sufrimiento el creyente se siente confortado por la esperanza. La fe le dice que esta vida no es estéril, ya que tiene una razón de ser, como la tiene el mismo sufrimiento. San Pablo encontró una fórmula admirable para expresar esta verdad: “Completo en mi carne lo que falta a la pasión de Cristo” (Col 1,24). El cristiano tiene el privilegio de ver así.
Sin fe la vida es absurda. “La vida que tiene en su horizonte la espada de la muerte, es absurda. Pero también es absurdo el suicidio. Todo es absurdo. Si hemos de morir, nuestra vida no tiene sentido, porque sus problemas no reciben solución”. Ciertamente, esto es la muerte para quien carece de fe. Sin fe, no es posible la esperanza. Sin fe, sin oración y sin gracia, la vida se hace insoportable.
Sin Dios es difícil respirar y escoger la vida. La libertad deja abiertos ambos caminos. Para caminar por la senda del misterio es preciso hacer propia la confesión del papá de aquel joven epiléptico curado por Jesús: “Creo, pero aumenta mi fe” (Mc 9,24). Pascal, que reflexionó mucho sobre el misterio de Dios, escribió: “Dios nos ha dado señales de sí a los que le buscan, y no a aquellos que no le buscan. Hay suficiente luz para quienes quieren ver, y suficiente oscuridad para quienes no quieren ver”.
“Vengo pero no sé de dónde. Soy, pero no sé quién. Moriré, pero no sé cuándo. Camino, pero no sé hacia dónde. Me extraño de estar contento”. “No quiero morir, no; no quiero, ni quiero quererlo. Quiero vivir siempre, siempre; y vivir yo”. Queremos vivir, por eso tememos la muerte. El miedo a la muerte es natural, ya que vamos a un mundo desconocido y esto siempre nos intranquiliza. El mismo Jesús sintió este miedo y se angustió en Getsemaní.
la vida es Cristo, y la muerte una ganancia. Me siento apremiado por dos partes: por una parte, deseo morir y estar con Cristo, que es mucho mejor; por otra parte, quedarme trabajando es mejor para vosotros” (Flp 1,20ss).
En esta vida de trabajo y de sufrimiento el creyente se siente confortado por la esperanza. La fe le dice que esta vida no es estéril, ya que tiene una razón de ser, como la tiene el mismo sufrimiento. San Pablo encontró una fórmula admirable para expresar esta verdad: “Completo en mi carne lo que falta a la pasión de Cristo” (Col 1,24). El cristiano tiene el privilegio de ver así.
Sin fe la vida es absurda. “La vida que tiene en su horizonte la espada de la muerte, es absurda. Pero también es absurdo el suicidio. Todo es absurdo. Si hemos de morir, nuestra vida no tiene sentido, porque sus problemas no reciben solución”. Ciertamente, esto es la muerte para quien carece de fe. Sin fe, no es posible la esperanza. Sin fe, sin oración y sin gracia, la vida se hace insoportable.
Sin Dios es difícil respirar y escoger la vida. La libertad deja abiertos ambos caminos. Para caminar por la senda del misterio es preciso hacer propia la confesión del papá de aquel joven epiléptico curado por Jesús: “Creo, pero aumenta mi fe” (Mc 9,24). Pascal, que reflexionó mucho sobre el misterio de Dios, escribió: “Dios nos ha dado señales de sí a los que le buscan, y no a aquellos que no le buscan. Hay suficiente luz para quienes quieren ver, y suficiente oscuridad para quienes no quieren ver”.
sábado, 18 de septiembre de 2010
Vida de los Martires de Motril

Vida de los Martires de Motril
5 de mayo: festividad de la Orden
causas sobre sacerdotes y religiosos que dieron sus vidas en defensa de la fe durante la guerra civil española del 1936-1939, se une la causa de siete agustinos recoletos y de un sacerdote secular, sacrificados todos ellos entre el 25 de julio y el 15 de agosto de 1936 en la ciudad de Motril, diócesis y provincia de Granada. Causa que ofrece una particularidad y un valor testifical especial. Se trata de uno de los casos en que toda una comunidad religiosa, si se exceptúa un hermano de obediencia de 68 años, fue sacrificada y convertidos a ruinas la iglesia y su convento.
La muerte de esos siete religiosos y del párroco de la Divina Pastora de Motril tiene un valor testifical especial, porque tanto los religiosos como el párroco martirizado con ellos estaban dedicados al ejercicio del apostolado silencioso y de la caridad entre la gente humilde de la ciudad.Estos son nuestros hermanos que, con auténtico sentido oblativo, superaron la extrema experiencia de fe:
*P. Vicente Soler de San Luis Gonzaga,
*P. Julián Benigno Moreno de San Nicolás de Tolentino
*P. León Inchausti de la Virgen del Rosario
*P. Vicente Pinilla de San Luis Gonzaga
*P. Deogracias Palacios de San Agustín
*P. José Rada de los Dolores
*Hno. José Ricardo Díez del corazón de Jesús.
Y, junto a ellos, el sacerdote diocesano D. Manuel Martín Sierra, unido siempre en la misma Causa.El día 21 de enero de 1997, la comisión de Cardenales y Obispos para la Causa de los Santos aprobó el martirio de los componentes de este grupo, es decir, que "habían sacrificado su vida por la fe en Cristo". El día 8 del mes de abril del mismo año, el Santo Padre Juan Pablo II firmó el correspondiente Decreto para hacerlo de público derecho y anotarlo en las actas de la Congregación de las Causas de los Santos. A los agustinos recoletos no nos sorprendió la noticia; durante 6l años la estábamos esperando, respirando la fragancia de los aromas que se desprenden del testimonio ejemplar de sus vidas que culminó con la entrega y fidelidad a Jesucristo, derramando su sangre por El.
La noticia de su beatificación significó una nueva pascua florida para toda la Iglesia, especialmente para sus hermanos de hábito y para quienes alimentan su vida cristiana con el mismo carisma, miembros de nuestras Fraternidades Seglares.La historia, más de medio siglo después de su martirio, nos obliga a mirar aquellos últimos acontecimientos de nuestros hermanos, desde un contexto social muy distinto y desde una óptica de hombres de Iglesia, con amplitud de miras y actitudes de reconciliación. Sabemos que ellos perdonaron a sus verdugos, tuvieron el consuelo de tener en paz sus conciencias y murieron exclusivamente por ser sacerdotes y religiosos.Por eso, el sacrificio de estos hermananos nuestros pertenece a nuestro patrimonio histórico y espiritual. El testimonio de estos predecesores, próximos a los altares, perdura y debe ser justo y fructífero su recuerdo, como auténticos hombres de Iglesia, al estilo de Agustín de Hipona. Su sangre derramada debe ser recordada para que sea semilla de fecundidad en nuestra realidad presente y futura. Y para todos debe significar un estímulo a nuestra fidelidad, aun en tiempos y circunstancias difíciles.
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